Un Gusto por la Sangre Licántropa
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Cuando tenía trece años, una peste mortal se propagó entre los humanos por toda Bulgaria. Las muertes comenzaron a sucederse en cantidades alarmantes. Nerina, mi hermana mayor, tenía quince años. Nosotras no resultamos infectadas porque somos vampiras. Los sobrevivientes tomaron asilo en otros países, dejándonos a mi hermana y a mí sin humanos para alimentarnos. Una noche, estábamos cazando osos pardos, cuando nos encontramos con un hombre lobo, quien devoraba un chacal dorado. Tratamos de ignorarlo y continuar nuestra cacería, pero él dejó entrever su naturaleza territorial gruñéndonos de forma desafiante. Nerina y yo detuvimos el paso y nos dimos vuelta para enfrentarlo. Mi hermana aceptó el reto y rápidamente empezaron a luchar en el suelo. Yo estaba preparándome para ayudarla, cuando ella sujetó con fuerza el cuello del hombre lobo y comenzó a chupar su sangre. Nerina me miró y me hizo una seña con la mano para que me acercara. Apenas estuve lo suficientemente cerca del hombre lobo, hinqué mis colmillos en su cuello grueso y empecé a alimentarme de él también. Su sangre era más deliciosa que la humana. Esa noche desarrollamos un gusto por la sangre licántropa.
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